Bailar: “Ejecutar movimientos acompasados con el cuerpo, brazos y pies”.

Esa es la primera definición de las 12 opciones explicativas que de la susodicha palabra hace el diccionario de la Real Academia Española (RAE)… aunque personalmente prefiero la cuatro: “retozar de gozo”, o incluso el coloquialismo cubano en que se le equipara a chingar, perdón, “Dicho de una persona: Tener relación sexual con otra’. El punto es que en el baile domina el cuerpo, sobretodo en movimiento. Pero lo que la primera definición obvia (quizás por pudor de primogénita) es el enlace entre el baile, la emoción y las ideas, venga vestida de placer o de furia, sarcasmo o utopías, no basta con llevar el un, dos, tres…y es ahí donde esta la verdadera lucha de los bailarines, la cual se evidenció en Metapolis II, presentación hecha por el del Ballet Nacional de Marsella.

Esta obra, que formó parte del Festival de Verano del Lincoln Center tuvo la peculiaridad que a pesar de ser un ballet, su coreógrafo, Frederic Flamand, viene del mundo de la danza contemporánea, sin hablar de la colaboración de Zaha Hadid, la primera mujer en ganar el Pritzker (algo así como el Premio Nóbel de Arquitectura). A primeras luces esto parecía ser un trío perfecto: si por algo es reconocido el ballet es por su capacidad de elaborar un lenguaje altamente técnico, preferencia con la que rompió precisamente la danza contemporánea para poder ser, como quien dice, ‘mas humana’, y la arquitectura, a medida que requiere que sus proyectos no sean sólo lindos pero factibles y habitables, es quizás la rama del arte más enfocada en lo racional.

En muchos momentos este triunvirato ciertamente brilló. Hadid construyó una serie de esculturas que parecían puentes metálicos con los que los bailarines interactuaban de maneras insospechadas: deslizándose por arriba, escabulléndose entre sus huecos y hasta moviéndolos en escena. Esto para alegorizar los cambios constantes de las grandes metrópolis que no cesan de reconstruirse una y otra vez, a veces, al punto de dejar a sus habitantes desorbitados y aislados en lo que vuelven a entender su panorama.

Sin embargo, a pesar de la innovación visual que proveyeron estas esculturas en movimiento, o “arquitectura viva” según Hadid, faltó congruencia a la hora de combinar los diferentes lenguajes: una mujer sobre el puente cuyos brazos se revuelven sin parar mientras sobre su cuerpo se proyecta imágenes de una ciudad vestida de neon, lo que a lo menos daba vértigo y todo en su cuerpo hablaba de estas convulsiones desorbitadas... pero y su cara? Ahí estaba tal cual maniquí de tienda sin decir nada, ni si quiera un freeze de ‘no estoy diciendo nada porque no quiero’; era en su cara donde se traicionaba el movimiento y se volvía una bailarina: “mírame estoy bailando, Ejecuto movimientos acompasados con el cuerpo, brazos y pies” como si la cara no fuera parte del cuerpo, como si de cabeza para arriba de repente desapareciera…era un baile sin cabeza y precisamente por eso perdía la razón de ser.¿Cómo se puede humanizar el baile si olvida partes de su cuerpo? Para volver a la definición cuatro, si se integra el gozo, bien sea a partir de su ausencia, en su totalidad y manifestado hasta en la cara, la que tendemos a ver como índice de nuestra personalidad; pues es más fácil llevar ideas con fuerza, con pepa suficiente para que trascienda la orquestra y el mezanine; y entonces el baile pueda en sus movimientos acompasados resultar una experiencia tan cercana a uno… como un acto sexual… o cualquier obra de arte de esas que te llevas en la mente hasta mucho más de salir por la puerta.