Bailar hasta el cielo
Dicen que del cielo bajaron en busca de un lugar para danzar. Montañas, praderas y hasta desiertos encontraron en la bastedad de aquel subcontinente que hoy llamamos India; mas sólo allí, en ese pequeño valle al noreste, Krishna y los otros dioses dieron con la tarima perfecta: Manipur. Esta ciudad que hoy vive bajo el asedio de los conflictos entre India y Pakistán con respecto a quién realmente pertenece toda esta zona, es el lugar de origen de una de los seis estilos de baile clásico de la India. Junto con Bharata-natyam, Kathak, Kathakali, Kuchipudi, y Orissi, Manipuri refleja una de las múltiples formas artística con las que milenariamente se ha expresado India. Y fue precisamente esta importante escuela de baile la que tuvo exposición el pasado martes 28 de agosto en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico.

A prácticamente un año de su accidentada reapertura, el teatro mejor equipado del Caribe traía a su tarima un arte sumamente lejano. Lejos por su hogar de origen, más allá de los conflictos bélicos del Medio Oriente que pueblan nuestros medios; pero lejos también porque refleja una concepción del baile radicalmente diferente a la acostumbrada en el mundo occidental. Aquí se baila para celebrar a los dioses, para rendirles pleitesía, incluso, para recontar sus aventuras y travesías, entre ellas el propio origen de Manipur: en esencia es un baile religioso y altamente ritualizado. Por ello, si bien resulta impresionante ver un bailarín realizando piruetas y brincos a la vez que toca un tambor en el baile Pung Cholam, como público no instruido en estas artes es casi inevitable sentir que hay algo del significado que se nos queda en el camino. Al salir de la presentación era evidente en los comentarios de los espectadores que en ocasiones no pudieron evitar distraerse ante una incomprensión de tal gesto altamente codificado dentro de la mitología hindú. Sin embargo, también había un espíritu general de complacencia ante la oportunidad de poder experimentar una tradición tan distinta y milenaria, y por sólo diez dólares, o incluso, gratis, si se era estudiante.

En un momento en que todo parece subir y en que el Centro de Bellas Artes reestructura su funcionamiento al punto que producciones de baile que llevan cinco años siendo gestadas como “P(l)enas” tienen que ser canceladas por no poder dar los adelantos (si lo boricua es comprar taquillas a última hora, ¿con qué se supone que pague el artista promedio?), cabe preguntarse qué espacios factibles se tiene para el arte. Para el arte no sólo en su faceta de espectáculo masivo lleno de brillo y efectos especiales, sino arte de todo tipo que ofrezca oportunidad de exponer al público a nuevas cosas y abrir su mente a partir del dialogo artístico. En este sentido resulta altamente satisfactorio que la UPR, luego de tantos años de inacción, recupere el teatro de la universidad del Estado como espacio público. Como platea donde contribuya al desarrollo intelectual y humano tanto de la comunidad universitaria como del pueblo en general, pueblo a quien en gran forma se debe a medida que la sustenta a través de los impuestos e incentivos estatales que contribuyen a su presupuesto. Quizás como puertorriqueños no pudimos entender cada detalle del cortejo entre Krishna y Radja en el baile Raas Leela al igual que un público indio, pero sí entendimos que no todo en el baile es un contoneo glorificado de cuerpos, o que si bien a algunos cristianos les parece pecaminoso bailar (en el lugar de adoración o donde sea), sí es posible ver el uso del cuerpo como una señal de respeto, como algo que exalte y que eleve más allá del mismo cuerpo.
